LAS MUJERES GUANCHES


    Si os encontráis con una mujer en una zona solitaria, no se te ocurra dirigirle la palabra. Ningún hombre que se precie, ningún valiente guerrero, osará romper el tabú que prohíbe dirigir la palabra a una mujer en un paraje solitario sin que ella antes lo permita. ¿Razones? Tal vez un tabú relacionado con la sangre de la menstruación, dicen algunos; un mecanismo para asegurar el respeto y la inviolabilidad de la mujer, dicen otros. Aunque la sociedad guanche es patriarcal, el papel de la mujer es muy importante. En varias islas la herencia es matrilineal, son ellas las que aseguran la transmisión del poder real. Es el caso de Gran Canaria, donde se recuerda aún a la "reina" Atidamana. Asimismo, cuando Gran Canaria se rinde por fin a las tropas castellanas, los canarios lo hacen portando a una niña, la hija del último Guanarteme (Rey de la isla) en andas, y con todos los honores la confían a los nuevos señores; es ella la depositaria del poder y de la legitimidad de la soberanía de su pueblo. En otros casos, las mujeres son tan fieras a la hora de combatir o de animar y ayudar a sus hombres en el combate, que los conquistadores hablarán de "las amazonas" de la isla de La Palma, o se transmitirá con rasgos legendarios la historia de Guacimara, "princesa real" de Anaga (Tenerife), que participó en las luchas contra los que intentaban desembarcar en las playas de Añaza. La mujer ocupó también un papel importante en historias entremezcladas de leyenda que hablan del heroísmo de princesas y aristócratas que prefirieron morir arrojándose desde los acantilados, antes que ser hechas prisioneras por los europeos. Este suicidio ritual, símbolo de su amor por la libertad, lo practicaron no sólo las mujeres sino también algunos hombres de las familias "reales", y era precedido por el grito "Vacaguaré" (¡quiero morir!).

    Sin embargo, la mujer parecía tener un papel más sumiso en Lanzarote y Fuerteventura, donde se practicaba la hospitalidad cediendo al huésped la propia mujer para que le acompañara en la cama. Tampoco lo pasaba bien la mujer cuando venían épocas de escasez o superpoblación. Cuando consideraban que el número de habitantes era superior a lo que los recursos naturales permitían, tanto en La Palma como en Gran Canaria se llegó a practicar el infanticidio femenino: mataban a las hembras recién nacidas salvo que fuera la primogénita. Esta era respetada, como transmisora de la línea familiar.

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