HERMIGUA

El amarillo es en representación de la tiara pontificia del escudo heráldico del municipio, que simboliza la ermita y convento de la orden de religiosos dominicos, que tuvo antaño el Valle de Hermigua, bajo la advocación de San Pedro Apóstol. El azul: hace referencia a los tres arroyos cuyas aguas fertilizaban el valle y que aparecen representados en su escudo heráldico. El verde representa el carácter agrícola del municipio, cuyo valle se significó como uno de los más productivos, especialmente en azúcar, miel de caña y aguardientes.
El viajero pasa
el túnel de la Cumbre camino del Valle. En San Sebastián de la Gomera, aquí
conocida como La Villa, el sol lucía en todo su esplendor. Ahora, 5 kilómetros
más adelante, las brumas del alisio se apoltronan en las cumbres y comienzan a
teñir Hermigua con ese color tan peculiar. Es como si quisieran tapar la visión
al visitante primerizo de Hermigua, con promesas de otros amaneceres y otras
luces, que seguro podrán disfrutar. Comienza el descenso desde Las Carboneras
por una sinuosa carretera que hay que abandonar a las primeras de cambio, es
decir, en la pronunciada Curva de Parejo, para adentrarnos sin pausa en Hermigua.
De pronto, en un giro, dos altos monolitos formados por la
erosión salen al paso, son los Roques de San Pedro que presiden el llamado Valle
Alto, mientras unos escaladores se afanan por coronar su cresta. Allá arriba
estos jóvenes que ahora cuelgan en un equilibrio imposible se encontrarán
vestigios que los gomeros prehispánicos dejaron para que hoy los expertos
elucubren sobre su finalidad. Son círculos de piedra cuya razón de ser no está
clara, aunque todo apunta a algún desconocido ritual mágico.
Un poco más adelante y tras derramar la vista por todo el
Valle, desde El Cerrillal hasta la Playa de Santa Catalina o el Alto del
Loncillo, el viajero se acerca a otro de los puntos de obligada visita, El
Convento. Este conjunto histórico cuenta con la Iglesia parroquial de santo
Domingo de Guzmán, fundada en 1611 y fue un antiguo convento bajo la advocación
de San Pedro Mártir y perteneciente a la Orden de los Dominicos. En su interior
se pueden admirar algunos retablos barrocos, con posible fecha en el último
tercio del siglo XVIII, presenta un buen trabajo en el tratamiento de la talla
de balaustres y frisos, y un artesonado Mudéjar.
A la derecha están las plataneras que se ven desde Las
Carboneras, justo después del túnel de la Cumbre y que se extienden por el fondo
del barranco. En ambas laderas del Valle, las huertas ganadas al risco semejan
escaleras de gigante. Es la única forma de hacer cultivable un terreno abrupto y
a la vez fértil y agradecido que ha sido el motor económico de esta tierra
gomera.
Un motor económico engrasado con el sudor del jornalero que
aún hoy tiene que hacer trayectos interminables para depositar la piña de
plátanos en el camión que la llevará al empaquetado. Antiguamente el camión,
casi el mismo que hace 30 años, bajaba por La Castellana y Santa Catalina y se
dirigía al pescante que está cerca de Punta Gabiña donde un pequeño vapor
capeaba las olas del Atlántico a la espera de su carga de fruta. Ya más adelante
en el tiempo, se empezó a construir otro pescante cuya obra quedó inacabada –aún
se puede ver– porque entró en funcionamiento el muelle de San Sebastián.
Para conocer Hermigua es conveniente adentrarse en sus
pequeñas calles, conversar con sus gentes de la vida, y adivinar el profundo
amor de los gomeros por su pequeña tierra, la más antigua de Canarias y donde
los volcanes y malpaíses han desaparecido para formar profundos e inaccesibles
barrancos.
Es aquí donde el silbo gomero –nacido en el paraje de la Cruz
de Tierno y el Roque Blanco– cobra todo su significado, pudiendo hablar mediante
este curioso sistema, de un barranco a otro y aún con toda la isla, haciendo
correr los mensajes entre los riscos.
Hermigua, el valle encantado de La Gomera, es todo un mundo para quien busca el
encanto de lo pequeño, de lo místico de sus roques y la afabilidad de sus
gentes.
Hermigua en la Historia
Podríamos decir que Cristóbal Colón llegó a La Gomera por un
desgracia acaecida en la Playa de Hermigua sobre el año 1480.
Muy cerca del pescante, en la Playa de Santa Catalina, en
tiempos de la conquista, fue asesinado Juan Rejón, el conquistador de Gran
Canaria, a manos de los mercenarios de Hernán Peraza, el joven, un tiranuelo
avasallador que sometió durante años a la isla de La Gomera hasta que los
nativos del Cantón de Mulagua (Hermigua) guiados por Hupalupu –un anciano muy
respetado en todo el cantón– y Hautacuperche, un valeroso guerrero, acabaron con
su reinado de opresión y arbitrariedad. Corría el año 1488 cuando el joven
guerrero nativo dio muerte a Peraza con un dardo, en la cueva de Guahedun,
mientras este tenía una cita con la joven princesa Iballa.
Antes de su muerte y tras asesinar a Rejón, Peraza el Joven
fue llamado a la corte de los Reyes Católicos para ser amonestado, aunque la
influencias de su familia impidieron cualquier castigo, salvo el de casarse con
Beatriz de Bobadilla, que se decía era amante de Don Fernando.
Esta mujer, de misteriosa belleza, fue la atracción de Cristóbal Colón hacia la
isla pues cuenta la historia que esta señora era además amante del genovés, lo
que da una idea de las frecuentes “aguadas” que este intrépido navegante realizó
en La Gomera.
El Cedro: el bosque perdido
La magia de la bruma, el alisio y la laurisilva se encuentran
guardadas como un tesoro en el Bosque de El Cedro, en el Parque Nacional de
Garajonay, la corona verde de La Gomera. Adentrarse en el escenario de multitud
de leyendas cuando la bruma juega al escondite entre el brezo y los helechos, no
deja de transmitir un cierto aire de irrealidad fantasmagórica que hace pensar
en la veracidad o no de las fábulas gomeras que hablan de este bosque.
La ruta se inicia en Contadero, junto al aparcamiento
habilitado a la entrada del sendero y que, en los días claros, nos permite
divisar en toda su magnitud la corona forestal de La Gomera, con la inevitable
vigilia del Teide al fondo, más allá del canal atlántico que separa la isla de
Tenerife.
El camino comienza con un descenso suave, adentrándonos sin
pausa en la laurisilva y el fayal-brezal. El sendero está bien delimitado y cada
cierto tiempo, en aquellos lugares donde las peculiaridades de la flora se
muestran con todo el esplendor posible, se encuentran troncos cortados y
numerados que describen el ecosistema que rodea al viajero. Desde helechales
inmensos, hasta retorcidos troncos de faya colonizados por el musgo, jalonan el
sendero camino del arroyo del cedro, referencia obligada de este camino.
El arroyo y el sendero siguen sus caminos dispares hasta que,
a 45 minutos de Contadero, el rumor del agua libre, y un mirador de madera
colgado sobre el cauce, advierte al caminante que llegamos al punto donde agua y
tierra se abrazan para continuar juntas hasta las Mimbreras. A partir de aquí el
sendero, que salva el desnivel tranquilamente y sin estridencias, se convierte
en un escaparate de la flora salvaje y agradecida del Parque Nacional de
Garajonay. Comienzan a levantarse inmensos laureles que filtran la luz del sol y
adentran al caminante en un mundo de claroscuros irreales y cautivadores.
2.700 metros después de Contadero, llegamos a las Mimbreras,
lugar donde el sendero se funde con la pista forestal que lleva hasta Los
Aceviños, en el término municipal de Hermigua. Hay que desviarse hacia la
derecha unos 50 metros y seguir las indicaciones hasta la Ermita de El Cedro,
lugar donde aprovecharemos para un breve descanso antes de continuar hasta el
Caserío de El Cedro, a algo más de kilómetro y medio de la Ermita.
Después de este alto en el camino, el sendero discurre entre
el rumor del agua del arroyo y los magníficos laureles, a cuyos pies se derraman
los helechos, viñátigos y brezos en una incontenible explosión de verde.
1.700 metros después el viajero accede al caserío de El
Cedro, donde se encuentra un albergue propiedad del Ayuntamiento de Hermigua y
varios alojamientos rurales que, a duras penas, consiguen escapar de la
voracidad verde de la laurisilva. Poco antes del caserío habremos dejado atrás
el Parque Nacional de Garajonay.
Al llegar a la pista forestal del caserío, cogeremos a mano
derecha hasta Casa Prudencio donde una buena charla, aderezada con unas
garbanzas barradas, vino del país y el recomendable montañero (un licor
indefinible pero sabroso), repondrán el cuerpo de la energía gastada tras el
sendero. Frente a Casa Prudencio baja un pequeño camino que desemboca en un
túnel de no más de 600 metros de longitud. Tras atravesarlo llegaremos a las
inmediaciones del Mirador de El Rejo, camino de Hermigua.